Roma ciudad urbanizada

Roma sufrió desde el principio de su historia el problema crónico de escasez de suelo edificable que sigue afectando a nuestras ciudades. Sus orígenes fueron los de una humilde aldea de pastores, situada en un terreno cenagoso en el margen del Tíber; en la última etapa de su historia se extendió por la otra orilla, por el Transíber.

Bajo la dinastía etrusca, se convirtió en una verdadera ciudad, rodeada de murallas abiertas al exterior por 16 puertas, cuya construcción se atribuye al rey Servio Tulio. La vida pública y comercial se desenvolvió alrededor del foro, en las tabernae y basilica, edificio destinado a transacciones comerciales y administraciones de justicia. Ya en el siglo V a. C., ante la numerosa afluencia de plebeyos, se había arbitrado como solución para albergarlos la parcelación del monte Aventino y la distribución gratuita de lotes de tierra.

La construcción de las viviendas corría a cargo de los ocupantes. A falta de planificación anterior, los barrios y las casas habían ido proliferando de manera irregular sobre la topografía todavía más irregular de las siete colinas. Las calles eran estrechas y tortuosas; algunos barrios estaban superpoblados; las casas, de madera y adobes, se alineaban de modo desigual, con desigual altura, etc.

Con la victoria de las Guerra Púnicas y las conquistas de Oriente, Roma se convirtió en una de las principales ciudades del mundo. La afluencia de forasteros debió de ser constante. La falta de terrenos en los barrios centrales y el interés de los ciudadanos de vivir en ellos, hicieron que la ciudad creciera hacia arriba, pues no fueron escasos los inmuebles de seis u ocho pisos. Seguían utilizándose materiales frágiles y no existían ordenanzas precisas sobre la construcción, entonces los derrumbamientos e incendios solían ser constantes, además de las existentes inundaciones por las crecidas periódicas del Tíber.

Al final del período republicano, Roma tenía bellos edificios públicos y se habían hecho importantes obras de saneamiento, de suministro y de comunicaciones. Se habían construido puentes (Puente Fabricio, Puente Cestio), grandes basílicas (la Porcia, la Emilia, la Sempronia, etc.), grandes pórticos, un nuevo foro (Forum Iulium), un archivo estatal (el Tabularium) y varios mercados dos teatros (el de Pompeius y el de Scaurus), entre otras cosas. Se habían construido también acueductos para el abastecimiento de agua y se extendió por la ciudad una red de cloacas.

Con Augusto, se siguieron los planes de engrandecimiento y saneamiento de la ciudad; dividió en 14 regiones, distribuyendo en ellas unos vigiles (especie de cuerpo de bomberos); dotó a la Urbs de parques, edificios públicos y otras zonas comunes, pero los materiales utilizados continuaban siendo frágiles.

Con todo, la grandiosidad de Roma Imperial fue un hecho. Es ilustrativa la información que nos proporcionan los Regionarii, documentos de mediados del siglo IV, que, a modo de inventario, registran los monumentos públicos, edificios oficiales, etc. Toda esta magnificencia debió contrastar siempre con la sencillez e incluso pobreza de los barrios populares. Roma, con todas sus grandezas y todas sus miserias, constituye por sí misma un ejemplo típico del urbanismo de todos los tiempos.

La habilidad de los romanos en la ingeniería civil es uno de los motivos que contribuyeron en gran medida a la creación y longa existencia de su civilización y su imperio. Sus carreteras y puentes conectados y su loable sistema administrativo lograron que viajar fuera más fácil para los comerciantes romanos, soldados y ciudadanos. Sus templos y grandes edificios públicos embellecieron sus ciudades; de hecho, hoy muchos siguen en pie como testimonio de su grandeza. Sin embargo, si tuviésemos que elegir entre toda su inmensa ingeniería posiblemente habría que seleccionar como elementos trascendentales el sistema de vías de comunicación y el abastecimiento de agua a las ciudades de los romanos, a quienes distinguen como una civilización avanzada, moderna, que destaca sustancialmente entre otras de la Antigüedad clásica. Los acueductos y las vías, siendo las piezas más visibles y gloriosas del antiguo sistema hidráulico y viario, se alzan como un valeroso testimonio de la ingeniería romana. La capacidad en su construcción supone que algunas de estas estructuras antiguas todavía están en uso hoy en día en algunos lugares por los que hace dos mil años pasaron los romanos.

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