Epicuro
de Samos (341-270 a. C) fundó en Atenas la Escuela del
Jardín, llamada así por haber sido establecida en el jardín de
su propia casa. La escuela dura hasta el siglo IV d. C. Su nombre
primitivo ha sido sustituido por el de Escuela epicúrea. Dos
clases de influencias determinan esta filosofía: la doctrina moral
de los cirenaicos y el atomismo de Demócrito. Sus discípulos
principales fueron: Lampsaco, Polieno, Leonte, Colotes, Idomeneo y
Hermaco. Solo conservamos algunas cartas y escasos fragmentos,
juntamente con la obra Sobre la Naturaleza, todavía no
completamente descifrada y publicada en mínima parte.
La
filosofía epicúrea es principalmente ética. Y esta es la ciencia
de la felicidad. Con el epicureísmo la filosofía se supedita a la
vida, el conocimiento se subordina al obrar, la contemplación se
subalterna a la acción. Con ella, Grecia ha entrada a la decadencia.
-
En cuanto a la física, Epicuro reproduce la doctrina atomista de Demócrito: los cuerpos están formados por dos principios reales, los átomos y el vacío. El alma humana, como material que es, se descompone al disgregarse los átomos que la constituyen y no sobrevive al cuerpo. Por ello, la muerte no debe preocuparnos ni debemos mirarla con temor; no representa ningún mal, ya que tras ella no existimos y, por consiguiente, no podemos sufrir.
-
En cuanto a la ética, Epicuro sienta como base esta afirmación fundamental: “el placer es el bien y el dolor el mal”. La vida humana es una mezcla de placeres y dolores. Los dioses, en cambio, son eternamente felices, ya que su vida es un disfrute continuo del placer, sin mezclar el dolor. El ideal de la vida humana estará en acercarse a este estado de vida feliz de los dioses. Para ello es necesario proporcionarse la mayor cantidad posible de placeres con la menor mezcla posible de dolores.
Los
placeres pueden ser positivos o negativos:
-
un placer positivo: es la satisfacción de una
necesidad
-
un placer negativo: es la ausencia de una
necesidad
Un
principio de valoración coloca los placeres negativos por encima de
los positivos; la razón está en que los placeres positivos exigen
esfuerzo para ser alcanzados, estando, por tanto, mezclados con los
dolores. También se clasifican los placeres en sensibles o
espirituales; sin embargo, todos los placeres son corporales, pero
hay unos producidos por el cuerpo mismo (sensibles), mientras que hay
otros producidos por alguna facultad del alma (espirituales):
-
placeres espirituales: son siempre superiores a los
sensibles por dos razones: a) por su duración; b) por estar en
nuestra mano el producirlos a nuestro antojo. La memoria y al
inteligencia son fuentes inagotables de placeres, pues por la memoria
recordamos situaciones placenteras pasadas, lo cual constituye un
placer actual; por la imaginación anticipamos placeres futuros.
-
placeres sensibles: todos los demás placeres.
La
amistad es aconsejable porque proporciona placer, sobre todo
el placer de la conversación. El matrimonio no es aconsejable porque
es fuente de preocupaciones, disgustos y dolores. Los cargos
políticos no son tampoco recomendables, por la misma razón. La
mejor forma de gobierno será, entonces la monarquía, porque es el
sacrificio de uno solo (uno solo se sacrifica con sus preocupaciones
de monarca).
Ante
estas consideraciones, la moral de Epicuro, que comienza afirmando el
principio del placer sensible (el placer que recibimos de aquello
externo a nosotros), va poco a poco descartándolo, a causa de los
males que lleva inherentes, hasta convertirse en una moral del
renunciamiento y termina afirmando como meta final la ataraxia,
placer interior, negativo (no hace falta satisfacer ninguna
necesidad), que no conlleva consigo ningún dolor. La felicidad se
encuentra en la autonomía, en la íntima serenidad de dominarlo todo
sin ser dominado para nada. Sirviendo a la filosofía se alcanza
la verdadera libertad. Cuatro falsas opiniones perturban el ánimo:
a) el temor a los dioses, b) miedo a la muerte, c) deseo de placer,
d) pesar del dolor; contra ello, la filosofía ofrece un cuádruple
remedio: a) ahuyentar el temor a los dioses enseñándonos que no se
ocupan del acontecer del mundo ni castigan o premian a los hombres;
b) disipar el miedo a la muerte haciéndonos ver que en la privación
de la sensibilidad, nada es para nosotros, pues mientras existimos,
la muerte no existe, y cuando existe la muerte, no existimos
nosotros; c) extirpar el deseo del placer sensible (externo a
nosotros) para evitar el mal que lleva inherente, poniendo como meta
de la aspiración humana la ataraxia (placer interior),
advirtiéndonos la breve duración de todos los males.
Comentarios
Publicar un comentario