La
vida de Lucio Anneo Séneca (circa 3 a. C.-65 d. C.)
transcurrió durante el último periodo de la dinastía
julio-claudia, cuando el proceso de romanización en las provincias
romanas determinó una primera inflexión que condujo a una
nivelación más igualitaria de los ciudadanos itálicos y
provinciales, siendo nuestro autor uno de los ejemplos más
significativos de este proceso y uno de los que más contribuyeron a
él. Nació en Córdoba (Corduba), en el seno de una familia
bien acomodada de la Bética perteneciente al orden ecuestre. De su
padre, Marco Anneo Séneca, se sabe que también nació en Córdoba y
parece que pasó periodos de tiempo en Roma frecuentando círculos
literarios y retóricos, por lo que él también fue un relevante
rhetor y, siendo un experto conocedor de las corrientes
pedagógicas de actualidad, adoctrinó a sus hijos en el camino de la
elocuencia y la declamación, cuyos fundamentos seguían teniendo un
importante arraigo en la Retórica, a pesar de que la falta de
libertad del momento había supuesto un duro golpe a la oratoria.
Séneca tuvo dos hermanos: Lucio Anneo Novato y Lucio Anneo Mela,
cuyo hijo fue el famoso Lucano, el autor de la Pharsalia.
Durante su infancia vivió en Córdoba; luego, en su adolescencia, se
trasladó a Roma, donde inició su formación y entre sus maestros
tuvo a Sotión –filósofo alejandrino de tendencias pitagóricas–,
Papirio Fabiano –filósofo de tendencia más estoica– y Atalo
–filósofo estoico que le influyó en gran medida–.
Tras
vivir un tiempo en Egipto por problemas de salud volvió a Roma,
donde empezó su cursus
honorum como
cuestor (34-35 d. C.), tribuno de la plebe (37-38 d. C.), y pretor
(50 d. C.). La importancia de Séneca en el círculo de Roma y en su
corte provocó la envidia de Calígula, quien se convirtió en
emperador en el año 37 d. C. tras suceder a Tiberio, pues su
resentimiento hacia Séneca al haberse convertido en el mejor orador
del Senado, le movió a invitarle a suicidarse (39 d. C.); sin
embargo, por mediación de una amante del emperador, se revocó la
condena con la esperanza de que Séneca falleciera pronto por sus
problemas de salud. A partir de este momento, nuestro autor quedó
reducido al silencio y escribió sus primeras obras. Siguiendo la
cronología, al fallecer Calígula y ser sucedido por Claudio, Séneca
volvió a ser condenado a muerte por un supuesto adulterio con la
hermana del emperador, Julia Divila. Sin embargo, esta pena fue
conmutada por el exilio a Córcega (41-49 d. C.), tiempo en el que se
dedicó a escribir, además de suponer un momento de reflexión y de
maduración de su carrera política y de escritor.
Dibujo de Séneca, Rubens
Gracias
a Agripina (Agripina la Menor, esposa de Claudio), Séneca
regresó a Roma (49 d. C.), donde comenzó su función de pretor (50
d. C.). Y no mucho tiempo después llegó a ser el preceptor del
futuro emperador Nerón, hijo de un matrimonio anterior de Agripina.
Tras el asesinato del emperador Claudio (54 d. C.) le sucedió Nerón,
si bien eran Séneca y Sexto Afranio Burro –prefecto de la guardia
pretoriana– quienes disfrutaron de la máxima influencia sobre el
Imperio. Conforme fue creciendo Nerón, fue separándose de la
benigna autoridad de Séneca, hasta el punto que asesinó a su madre
(59 d. C.). Por ello, tanto Séneca como Burro tuvieron que reconocer
su intervención en el asesinato para lavar la imagen del emperador.
Tiempo después, Burro murió (62 d. C.) y Séneca no pudo continuar
en el poder, por lo que se retiró. Hasta su muerte, se dedicó a
escribir sus mejores obras filosóficas. Finalmente, sus enemigos lo
denunciaron de haber participado en la conspiración para matar a
Nerón, por lo que se le incitó a suicidarse abriéndose las venas,
muerte que afrontó serenamente (65 d.C.), pues el suicidio era el
modo de ejecución de la sentencia capital que ofrecía a los
personajes distinguidos la ‘clemencia’ del príncipe en aquellos
años del Imperio. “Experimentó la gloria y el poder como árbitro
de la política imperial, disfrutó de la riqueza y del favor de los
poderosos, tuvo tiempo libre para observar la vida de los hombres
entregados a los placeres, a las ambiciones, ávidos de riquezas, de
honores y estuvo convencido de la absoluta vanidad de cuanto es
objeto de los deseos comunes, de las ansias y de los temores
continuos de quienes siempre dejan que su vida dependa de los
accidentes externos”.
Séneca
ha sido considerado por los estudiosos generalmente como un autor
ecléctico. Sin embargo, el cordobés es un filósofo
educado sobre la doctrina estoica de la cual ha tomado sus
directrices principales. Se
situaba a sí mismo dentro de la tradición estoica; no obstante,
también afirmaba beber de otras tradiciones con el propósito de
tomar algo para poder adaptarlo a su pensamiento. En efecto,
incorporó en sus epístolas una gran cantidad de sentencias
epicúreas, siendo algo ‘extraordinario’, ya que el Estoicismo y
el Epicureísmo se mantuvieron en continua polémica en la que, si
era necesario, se recurría al insulto y a la imprecación personal
entre los seguidores de cada corriente respectivamente, siendo Séneca
y Marco Aurelio las únicas excepciones en esta disputa. Además,
Séneca no solo se abstuvo de la polémica, sino que defendió y
ensalzó a Epicuro tomando de él pensamientos sin interpretaciones
ni modificaciones, puesto que creía que la verdad era asequible a
cualquier hombre y a todos ellos, por lo que debía ser aceptada
independientemente de quien la enseñara, ya fuera estoico ya fuera
epicúreo. Séneca tomó una única doctrina como fundamento, pero a
su vez admitió que los pensadores no afines a ella hayan podido
pensar cosas de provecho. Aprendió de los estoicos incorporando a
sus obras y a su pensamiento doctrinas de sus principales maestros,
no obstante lo que él enseñó no es una repetición sino una
adaptación personal y espontánea con libertad de juicio de
diferentes doctrinas mayormente estoicas. En otras palabras, Séneca
no fue ni un repetidor del Estoicismo, ni un arreglador ecléctico de
doctrinas varias, sino un pensador libre y sin prejuicios educado en
esta corriente y deudor a este sistema de las principales estructuras
de su formación filosófica. Es importante destacar que se sintió
atraído hacia doctrinas orientales por su ansía de saber y por su
espíritu curioso que, durante su estancia en Egipto, le llevaron a
estudiar a fondo tales doctrinas y a mantener contactos con el
judaísmo, contribuyendo todo ello a la genialidad y originalidad de
su producción.

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