La ofrenda consistía en la presentación de productos
obtenidos de la tierra hacia la misma tierra. Una ofrenda muy conocida y
frecuente era la libatio que se
basaba en derramar en honor de la divinidad un alimento líquido (como vino o
leche) antes de ser probado por el oferente.
El
sacrificio era el acto principal y más significativo de la religión porque
renovaba la energía de la divinidad y la engrandecía. Era una ofrenda concreta
de un ser vivo que se podía realizar tanto en público como en privado. El
sacrificio tenía una serie de exigencias y procedimientos muy delimitados que
evitaban cualquier tipo de error en el ritual y, en el caso de que algún error
tuviera lugar, se repetía completamente el rito (instauratio). Los fines de esta práctica ritual eran la renovación
de la energía – como acabamos de decir –
en su actividad de asistir a los hombres; la introducción en el contexto
divino convirtiéndose en testimonio de lo sobrehumano, por el acto de la
consagración de la víctima y, finalmente, el agradecimiento humano por los
beneficios recibidos de los dioses[1].
Respecto
a las exigencias estarían la elección de una víctima sin defectos (dependiendo
de la divinidad), el engalanamiento de la misma, su traslado, su inmolación en
un lugar adecuado y su propia muerte. En efecto, la muerte del animal debía ser
rápida y limpia; sin embargo, si ocurría al contrario, el sacrificio se debía
repetir de nuevo con una nueva víctima. Una vez muerto el animal, se abría su
cuerpo y se examinaban sus vísceras (exta)
que eran los elementos vitales y fundamentales para la ofrenda. Finalmente, el
animal se despedazaba y se quemaba; además, la sangre podía ser recogida para
guardarse, rociarse sobre el altar para purificarlo o verterse en la tierra.
Los
sacrificios humanos no eran habituales, aunque hay testimonios escritos de que
se realizaron. Solían producirse en contadas ocasiones y casi siempre como
expiación de faltas colectivas o como autoinmolación propiciatoria como las devotiones[2].

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