Séneca, "De ira"

Séneca, De ira     

     Dedicado a su hermano Novato al que se dirige como su interlocutor para que trate por escrito los medios de curar la ira, puesto que para nuestro autor esta es la pasión más nefasta de todas; y una propuesta elocuente sobre la brutalidad de las pasiones y de los odios, estimulados más que nunca sobre los reinados de Calígula y Nerón.
  
    Primeramente la ira es definida por nuestro autor como: Es la más fea y la más desenfrenada entre todas las pasiones[1]. “Ésta no es más que un frenesí rabioso, ebrio de sangre y exterminio; sin atender más que a sí propia, con tal de saciarse en su enemigo y arrojándose con furor sobre espaldas desnudas, ávida de venganzas que tarde o temprano llamarán un vengador. Por eso algunos sabios la han definido con esta frase: locura pasajera. A más de ser impotente para dominarse, olvida toda decencia y desconoce los más sagrados lazos; tenaz, encarnizada en su objeto, sorda a los consejos, de la razón, se exalta por los motivos más vanos y es incapaz de discernir lo justo y lo verdadero; se asemeja a esas ruinas que se quiebran sobre el mismo a quien aplasta”[2].

      Como hemos visto, podríamos definirla como una pasión cuyas consecuencias y cuyos resultados serían devastadores tanto para el sujeto paciente de la misma como para el objeto alcanzado por ella. Puesto que es una pasión[3], solamente se puede predicar de las personas porque los animales se rigen por su instinto natural –el cual todas las especies tenemos en común–. Por ello mismo, la ira no presenta un carácter individual, sino que afecta tanto a la persona, en tanto que es individuo, como a la humanidad. “Pues todos somos malos”[4] y como humanos que somos tenemos vicios y defectos.

      En verdad, la ira no es algo externo a nosotros, porque si existiera a pesar nuestro sería inevitable, y por ello, no se podría dominar. Por tanto, también se añadiría a su definición que la ira es un vicio voluntario[5] y un impulso o respuesta que proviene del alma tras haber percibido algún agravio. Pese a que se debería de examinar si se ha participado de la irritabilidad por descuido o por propia voluntad o por culpa ajena o por equivocación. Sin embargo, aunque la ira afecte a nuestra alma, pueden verse sus consecuencias en nuestro exterior, ya que esta pasión es capaz de deformar los rostros casi hasta llegar a una deformidad: respiración entrecortada, manos contraídas, entrecejo fruncido, etc.

    Además, “digamos ante todo que entendemos por ira el deseo de vengarse, no precisamente la facultad de hacerlo”[6]; por lo que con un pensamiento vengativo ya habríamos caído bajo esta pasión: siendo una facultad única de los humanos puesto que ningún animal presenta el sentimiento de devolver el daño recibido. No obstante, Séneca no condena la venganza siempre y cuando se realice cumpliendo lo que manda el deber, sin enfurecerse sino que mostrando firmeza. 

     Y aunque otros pensadores y personalidades afirmasen de que la ira es una pasión útil para el valor militar, sabemos que la ira no tiene ningún beneficio para quien la padece: ya que el buen soldado es el más disciplinado e instruido, y no aquel que reacciona según sus impulsos violentos sin atender a las órdenes de sus autoridades. Ni tampoco, como otros dicen, tendría la utilidad de preservar el menosprecio y aterrar a los malvados porque el terror es propio de las fieras; y tanto el menosprecio como el terror son “cosas” odiosas que no tienen ningún tipo de relación con la virtud. Y en el momento en que el hombre está dominado por una pasión, en este caso la ira, no sería libre.

      Puesto que la ira es una respuesta del alma, cualquier respuesta necesita una causa; y por tanto la ira tendría muchísimas; al igual que curas. Refiriéndonos a las causas podríamos enumerar, entre muchas, la molicie: siendo una pasión despótica e impaciente. Otra causa sería la falta de cordura; le seguiría el creerse ultrajado y además el creerse ultrajado injustamente donde llamamos “injusticia” a aquello que no esperábamos ni creíamos merecer; aunque se podría considerar como la principal causa de las disputas entre los humanos el dinero.

      Tratando primero las curas, como la ira provoca acciones nefastas promovidas por una sed de venganza, a menudo desencadena peores daños; y por tanto, éstos deben ser castigados o purgados. Sin embargo, el castigo no puede ser cualquiera, ni menos aún, ser otorgado por cualquiera. Es decir, el castigo debe ser un castigo puro y razonado que no dañe, sino que “cure” aunque aparentemente perjudique. Por ello, se debe propiciar un castigo moderado; además, Séneca no negaría la pena capital, pero para él debería ser impuesta para aquellos culpables a los que su propia muerte les sería un bien para ellos mismos.

      En segundo lugar, en relación a “el que castiga” o depositario de la ley  debe emplear principalmente las palabras que insinúen benevolencia y justicia; y que poco a poco su lenguaje debe hacerse más severo, apelando al castigo moderado en último término. Pero, como hemos dicho anteriormente, el juez justo no puede ser cualquiera, sino que debe tener un buen juicio basado sobre todo en la razón: ya que si la pasión interviene se adueña de nuestra voluntad y quedamos como simples marionetas a su capricho. Es decir, Séneca mostraría dos tipos de “curar” la ira: los remedios que impiden que nazca y los remedios una vez nacida, impiden o dificultan sus excesos[7]. En cuanto a los remedios para la ira una vez nacida serían evitar los “inflamadores” de esta ira; ya que incluso la ira en algunos casos sería casi imposible cambiar la naturaleza donde la ira estaría arraigada; y esto se lograría con una buena educación desde la niñez que a su vez sería el segundo remedio; ya que si se educa a los niños de pequeños se estaría impidiendo que naciera este vicio en sus seres. Se debe disipar la ira, y una vez conseguido, la pena será equivalente a la falta; por ello, para evitar la ira se debe atender a las acciones ya que la irritabilidad consiste, nada más y nada menos, en la reacción de alguna acción; por tanto, al aprender a actuar de forma favorable estaremos evitando la ira y su nacimiento; siendo esta la conducta propia del sabio de Séneca.
           
      Por ello, la razón del juez equitativo debe estar ligada con la educación –siendo este el principal y más efectivo remedio contra esta pasión– porque mediante la educación podremos educar a los coetáneos y a las nuevas generaciones para evitar en ellos la irritabilidad y las demás pasiones cegadoras de razón. Entonces, con este “mecanismo educativo” se conseguiría alcanzar la disposición espiritual de la ataraxia[8]. Esta consiste en la disposición del alma a alejarse de todas las pasiones para conseguir un equilibrio y con él, la felicidad.

      Y con la ataraxia encontramos una especie de virtus en Séneca relacionada con la figura del sabio que sería aquella persona que ha podido conseguir esta inclinación o disposición de su alma basada en la imperturbabilidad espiritual que ha alcanzado gracias a su capacidad de ponderar bien sus acciones. Nosotros debemos tantear y conseguir que nuestra alma se mantenga al margen de las imprecaciones para que esta así se refugie en el sosiego y la moderación. La seña más segura de verdadera grandeza, es que ningún incidente pueda emocionarnos[9]. Una condición de la grandeza sería considerada el no sentirse lastimado, pues quien no siente la ira se mantiene impasible ante la injuria, es decir, no le afecta ni el más mínimo ataque. Cuando uno se deja dominar por la razón, el resentimiento no tiene lugar porque el resentimiento sería la consecuencia fatal de la irritabilidad siendo peor que la injuria misma, y con el resentimiento encontraríamos el remordimiento. El camino que lleva a la virtud no es difícil sino es un camino llano; y solo se necesita que el alma esté desde un principio preparada. La paz del alma se encuentra en la constante meditación de los preceptos de la sabiduría, en la práctica del bien y en la virtud a al que nuestros pensamientos deben alcanzar.

       Se debe elevar el alma para hacer una abstracción que nos permita ver las grandezas falsas y los supuestos bienes que provocan tantas disputas. También nuestra alma debe estar preparada contra las desgracias y desazones previstas. El alma necesita una vida tranquila, sin demasiadas aspiraciones ni ambiciones porque en la movilidad de una existencia demasiado activa se pueden encontrar “obstáculos” y motivos que lleven a la ira; por eso, para conseguir esta tranquilidad espiritual el hombre no debe dedicarse a múltiples empresas superiores a su flaqueza porque nuestras esperanzas se deben limitar a lo posible y cercano. Esto en referencia a las empresas fatigosas como a los estudios arduos y demasiado series; ya que nos deberíamos dedicar a artes amenas como la lectura que llega a deleitar e interesar porque las ocupaciones alegres alivian al alma. Sin olvidarnos de evitar excesivas fatigas del cuerpo, puesto que el debilitamiento de los años y las enfermedades también provocan irritabilidad.

          Siguiendo con otros tipos de remedios –que podríamos llamar secundarios– hallaríamos que para evitar la ira y alejarse de las pasiones sería aconsejable alejarse de las personas iracundas. Y en su defecto, acercarse a personas pacíficas y amables porque las costumbres se pegan con el trato; además de que con este tipo de personas no existen motivos para irritarse. Al contrario, deberíamos evitar todos aquellos cuya presencia y compañía nos causa irritabilidad: el hombre altanero, el cáustico, el envidioso, el impertinente, el fatuo, etc. Definitivamente, si se tiene consciencia de nuestra inclinación natural a la ira, es aconsejable vivir rodeado de personas complacientes y esquivas de las disputas y vivir en comunidad de una forma tolerante con una indulgencia mutua.
            
      Aunque el niño –por su inexperiencia– o, por ejemplo, la mujer – por su sexo[11]– nos puedan irritar debemos recordar de ellos los buenos momentos que nos dan. Y en el caso del que nos ofende sea un amigo, lo ha hecho sin querer; y al contrario, si es un enemigo actúa como se esperaría de él. No debemos enojarnos porque incluso los hombres más perfectos pueden cometer errores ni tampoco hay hombres tan precavidos que ofendan en alguna ocasión, aun temiendo hacerlo. Y como cometen faltas hasta los más sensatos, cualquier error se debería disculpar ya que es un defecto común.
            
    Pero sobre todo, algo muy importante es saber cuál es nuestro punto débil para reforzarlo. La injuria no es propiamente lo hecho, sino el modo de recibirla; y entre los remedios de evitar la ira el más frecuente sería el tomarlo todo a broma.
            
      A continuación, otro remedio eficaz es el tiempo; pues el tiempo es capaz de amortiguar y desvanecer las intenciones coléricas más nefastas porque el presente no deja ver con claridad porque el hombre irascible no es libre y queda dominado bajo esta pasión; y si no se consigue nada tomándose algún tiempo, al menos la justicia habrá dictado sentencia. Se debe dejar tiempo necesario para que uno mismo conozca su falta; ya que él mismo se corregirá y se castigará a sí mismo.
            
      Y aunque la ira no haya estallado todavía en el corazón se debe ahogar desde el momento en que aparecen sus primeros indicios para así mantener a raya los defectos y disciplinar el alma para que –aun haber recibido injurias súbitas inesperadas– reprima la ira y de esa manera no dejar mostrar el propio resentimiento. Séneca nos indicaría que sería una tarea difícil, pero para nada imposible ya que citaría algunos ejemplos en los que sus protagonistas mostraron una extraordinaria templanza[12]. Y este remedio debería también ser aprendido por reyes, puesto que cantidad de ejemplos, entre ellos Sila, encarnaron paradigmas de monstruos inhumanos por los que la República –según Séneca– había sido herida[13].
            
      Se debe distinguir bien entre las injurias ya que la mayoría de cosas que nos irritan no son propiamente males verdaderos, sino contrariedades. Incluso algunos se sienten contrariados por la dicha ajena cuando no prestan atención a la suya propia porque nadie está contento de su suerte cuando la compara con la de los demás y por este hecho, muchas veces nos irritamos con los dioses, en lugar de agradecerles lo que tenemos pues consideramos poco lo que recibimos y mucho lo que damos. Suelen ser causas insignificantes las que nos enfadan: por dar importancia a cosas que no la tienen.
            
      Además, el sabio no puede entristecerse cada vez que presienta y observe actos vergonzosos o crímenes porque entonces nunca tendría ocasión para dejar de sentir tristeza; sino que nunca se debe irritar contra los que yerran porque conoce bien la naturaleza humana[14] y entiende que “el buen espíritu” sería una excepción. En cambio, la ira no puede darse donde haya virtud, ni viceversa, ya que nadie puede estar sano y enfermo a la vez. Y aunque en un primer momento cuesta de entender y aceptar la completa supresión de la ira en el hombre, Séneca afirma que “no hay nada que no pueda vencer el espíritu humano”[15] porque no hay obstáculos capaces de frenar la voluntad firme del hombre porque la naturaleza que nos forma nos ayuda a corregirnos siempre que nosotros queramos. Por ello, la ira no debe moderarse, sino erradicarse del todo; hecho posible para el sabio quien es capaz de regirse por la impasibilidad y de esta manera actuar de forma favorable para evitar reacciones irascibles.


Esperanzas, Lawrence Alma-Tadema




[1] Séneca, De ira, I, 3-4.
[2] Séneca, De ira, I, 6-19.
[3] Según los antiguos sería un sentimiento o emoción que hace que la voluntad de la persona sea pasiva, es decir, sería un sentimiento capaz de dominar la voluntad del sujeto paciente.
[4] Séneca, La ira, traducción de Nicolás Estévanez, Biblioteca de Ideas, Editorial de Grandes Autores, Buenos Aires, pág. 112.
[5] En el sentido de que nosotros podemos decidir si enojarnos o no, por ello se dice que la irritabilidad es voluntaria aunque su causa pueda ser externa a nosotros. Es un voluntarium vitium.
[6] Séneca, La ira, traducción de Nicolás Estévanez, Biblioteca de Ideas, Editorial de Grandes Autores, Buenos Aires, pág. 10.
[7] Aparecería en este apartado la importancia de los cuatro elementos en la constitución de todas las cosas, como las personas y sus caracteres. Por ello, se dice que en la persona donde predomina el elemento del fuego, esta misma será más irascible. De este argumento se servirían algunos estoicos para afirmar que la ira proviene del corazón, porque es el lugar donde hierve la sangre; pero, de esta manera se estaría defendiendo, en cierto modo, que la misma naturaleza es causa de la irritabilidad.
[8] Debemos indicar que este término es usado tanto para estoicos como para epicúreos.
[9] Séneca, La ira, traducción de Nicolás Estévanez, Biblioteca de Ideas, Editorial de Grandes Autores, Buenos Aires, pág. 88.
[11] Claramente podemos apreciar un rasgo misógino en este argumento.
[12] Como por ejemplo, el relato del rey Cambises, rey persa, –quien en una de tantas orgías tras haber matado al hijo de Prexaspo atravesando su corazón con una flecha solamente para demostrar su destreza en el arco, aun estando embriagado–  el cual mostraría el corazón de su hijo a Prexaspo en dicha flecha y este solo se dignaría a afirmar la buena puntería del tirano.
[13] Como ejemplo, Séneca expresa que Calígula mandó azotar a cantidad de hombres y, entre ellos, a Sexto Papinio por pasatiempo. Además de cuantiosos degollamientos durante la noche de senadores romanos.
[14] “Ya no es cuestión, en efecto, de algunas violaciones de la ley, individuales y en escaso número, sino que está en todas partes, como signo de que la raza humana ha llegado a confundir las nociones del bien y del mal”.
[15] Séneca, La ira, traducción de Nicolás Estévanez, Biblioteca de Ideas, Editorial de Grandes Autores, Buenos Aires, pág. 49.

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